martes, 24 de noviembre de 2009

Bazar Sevillano, años 50

Las facturas de la década de 1850 son igualmente sobrias y sencillas: nombre de la entidad, lema del "precio fijo" y propietario. Nada más, ni siquiera aparece el domicilio. Es prueba de una empresa consolidada y prestigiada que vende con sólo su nombre sin necesidad de publicidad de ninguna clase. En las tres que presentamos en esta entrada la única variación son los tipos de letras utilizados para el rótulo de la empresa.



Sin más datos busqué en Google "Arcimís Sevilla" intentando recabar alguna pista. Cuál no sería mi sorpresa cuando lo que encontré fue la noticia de un prestigioso astrónomo y meteorólogo nacido en 1844, llamado Augusto T. Arcimís Werle (también lo he visto escrito Werhle), que perteneció a la Institución Libre de Enseñanza y estuvo muy relacionado con D. Francisco Giner de los Ríos. Fue el primer director del Instituto Central Meteorológico, en Madrid y falleció en 1910. Un científico de prestigio, pero tan distinto a lo que yo iba buscando.



Sin embargo, había unos datos en esa biografía que me daban pistas a seguir. Primero el apellido, de origen griego, muy poco corriente, lo emparentaba directamente con el nombre de la factura. Por la fecha de nacimiento muy bien podía ser su hijo. Había nacido en Sevilla, pero estudió en Cadiz y su vida se desarrolló en esta ciudad, hasta que en los años 70 se marchó a Madrid.

A partir de estos datos comencé a montar mi propia hipótesis, porque recordaba haber visto una factura de un Bazar Gaditano de 1848 en el Archivo, y también en un lugar de subastas de Internet una factura de este mismo Bazar de Cádiz, pero de los años 80. Lo comprobé y efectivamente la del Archivo era de Augusto Barthou y la segunda de Teodoro Arcimís.

Ya tenía elementos suficientes para llenar de contenido esos escuetos datos de las facturas. En la próxima entrada lo explicaré con detalle.



Por último observen el nombre de quiénes firman el "recibí" en la segunda y tercera factura de esta entrada: en una es Rossy (su nombre debe ser Juan, aunque no lo escriba) y en la otra Francisco Carrera, a los que podremos ver posteriormente montando sus propios negocios como eficaces empresarios. El Bazar debió de ser una buena escuela para jovenes con iniciativa y espíritu emprendedor.

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